Proyecto colaborativo internacional sobre los movimientos migratorios a lo largo del s. XIX y XX entre Argentina y España. Colegio Norbridge (Buenos Aires) - IES de Sabón (Arteixo)
Las vidas de millones de personas podrían condensarse en imágenes, en papeles de todo tipo: cartas, certificados, visados, pasajes….todos podemos recordar momentos dolorosos o muy felices a través de unos pocos instantes inmortalizados para siempre en unos pedazos de papel…..
Como decía don Antonio Machado, otro hijo de la emigración….
Son aquellas pequeñas cosas,
que nos dejó un tiempo de rosas
en un rincón, en un papel o en un cajón.
Como un ladrón te acechan detrás de la puerta. Te tienen tan a su merced como hojas muertas
FUENTE PROPIA: Gallegos en Buenos Aires en el Centro Gallego durante una actuación
FUENTE PROPIA: Certificado de Buena Conducta para poder viajar a Argentina
FUENTE PROPIA: Pasaporte del año 1926 para viajar a Argentina
«Aprovecho la ida de un amigo a la ciudad para volver a escribirles. No sé si mi anterior habrá llegado a sus manos. Aquí estoy sin comunicación con nadie en el mundo. Sé que las cartas que mandé a mis amigos no llegaron. Es probable que éstos nuestros patrones que nos explotan y nos tratan como a esclavos, intercepten nuestra correspondencia para que nuestras quejas no lleguen a conocerse.
«Vine al país halagado por las grandes promesas que nos hicieron los agentes argentinos . Estos vendedores de almas humanas sin conciencia, hacían descripciones tan brillantes de la riqueza del país y del bienestar que esperaba aquí a los trabajadores, que a mí con otros amigos nos halagaron y nos vinimos. «Todo había sido mentira y engaño».
«En B. Ayres no he hallado ocupación y en el Hotel de Inmigrantes, una inmunda cueva sucia, los empleados nos trataron como si hubiésemos sido esclavos. Nos amenazaron de echarnos a la calle si no aceptábamos su oferta de ir como jornaleros para el trabajo en plantaciones a Tucumán. Prometían que se nos daría habitación, manutención y $20 al mes de salario. Ellos se empeñaron hacernos creer que $20 equivalen a 100 francos, y cuando yo les dije que eso no era cierto, que $20 no valían más hoy en día que apenas 25 francos, me insultaron, me decían Gringo de m… y otras abominaciones por el estilo, y que si no me callara me iban hacer llevar preso por la policía.
«Comprendí que no había más que obedecer.
«¿Qué podía yo hacer? No tenía más que 2,15 francos en el bolsillo.
«Hacían ya diez días que andaba por estas largas calles sin fin buscando trabajo sin hallar algo y estaba cansado de esta incertidumbre.
«En fin resolví irme a Tucumán y con unos setenta compañeros de miseria y desgracia me embarqué en el tren que salía a las 5 p.m. El viaje duró 42 horas. Dos noches y un día y medio. Sentados y apretados como las sardinas en una caja estábamos. A cada uno nos habían dado en el Hotel de Inmigrantes un kilo de pan y una libra de carne para el viaje. Hacía mucho frío y soplaba un aire heladísimo por el carruaje. Las noches eran insufribles y los pobres niños que iban sobre las faldas de sus madres sufrían mucho. Los carneros que iban en el vagón jaula iban mucho mejor que nosotros, podían y tenían pasto de los que querían comer.
«Molidos a más no poder y muertos de hambre, llegamos al fin a Tucumán. Muchos iban enfermos y fue aquello un toser continuo.
«En Tucumán nos hicieron bajar del tren. Nos recibió un empleado de la oficina de inmigración que se daba aires y gritaba como un bajá turco. Tuvimos que cargar nuestros equipajes sobre los hombros y de ese modo en larga procesión nos obligaron a caminar al Hotel de Inmigrantes. Los buenos tucumanos se apiñaban en la calle para vernos pasar. Aquello fue una chacota y risa sin interrupción. íAh Gringo! íGringo de m…a! Los muchachos silbaban y gritaban, fue aquello una algazara endiablada.
«Al fin llegamos al hotel y pudimos tirarnos sobre el suelo. Nos dieron pan por toda comida. A nadie permitían salir de la puerta de calle. Estábamos presos y bien presos.
«A la tarde nos obligaron a subir en unos carros. Iban 24 inmigrantes parados en cada carro, apretados uno contra el otro de un modo terrible, y así nos llevaron hasta muy tarde en la noche a la chacra.
«Completamente entumecidos, nos bajamos de estos terribles carros y al rato nos tiramos sobre el suelo. Al fin nos dieron una media libra de carne a cada uno e hicimos fuego. Hacían 58 horas que nadie de nosotros había probado un bocado caliente.
«En seguida nos tiramos sobre el suelo a dormir. Llovía, una garúa muy fina. Cuando me desperté estaba mojado y me hallé en un charco.
«íEl otro día al trabajo! y así sigue esto desde tres meses.
«La manutención consiste en puchero y maíz, y no alcanza para apaciguar el hambre de un hombre que trabaja. La habitación tiene de techo la grande bóveda del firmamento con sus millares de astros, una hermosura espléndida. íAh qué miseria! Y hay que aguantar nomás. ¿Qué hacerle? «Hay tantísima gente aquí en busca de trabajo, que vejetan en miseria y hambre, que por el puchero no más se ofrecen a trabajar. Sería tontera fugarse, y luego, ¿para dónde? Y nos deben siempre un mes de salario, para tenernos atados. En la pulpería nos fían lo que necesitamos indispensablemente a precios sumamente elevados y el patrón nos descuenta lo que debemos en el día de pago. Los desgraciados que tienen mujer e hijos nunca alcanzan a recibir en dinero y siempre deben.
«Les ruego compañeros que publiquen esta carta, para que en Europa la prensa proletaria prevenga a los pobres que no vayan a venirse a este país. íAh, si pudiera volver hoy! «íEsto aquí es el infierno y miseria negra! Y luego hay que tener el chucho, la fiebre intermitente de que cae mucha gente aquí. Espero que llegue ésta a sus manos: Saluda …
Fuente: Documentos para la historia integral argentina 3, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1981
Un documento imprescindible para todo emigrante que quisiese entrar en Argentina era el CERTIFICADO de no tener asuntos penales ni antecedentes delictivos, de lo contrario la aventura americana se acababa para él.
Todo emigrante español debía acudir al Consulado de España en Buenos Aires para registrarse en él y así obtener la Cédula de Nacionalidad que le permitiría trabajar en Argentina.
Sin este Pasaporte debidamente cumplimentado, el emigrante no podía salir de nuestro país ni ingresar legalmente en el país de acogida.
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Para su validez, debía constar con una foto del emigrante, el sello del Ayuntamiento donde estuviese empadronado así como el sello de admisión como inmigrante por parte del país receptor.
Se hacía constarel país al que se quería emigrar, la profesión, el estado civil, el lugar de nacimiento, si sabía leer y escribir…o cualquier otra circunstancia o característica especial, por ejemplo si le acompañaba su familia o si tenía parientes o conocidos en el país de llegada.
Se describían las características físicas el emigrante, la firma de dos testigos con la firma del alcalde del Ayuntamiento, y los antecedentes penales o procesamientos judiciales.
Visado del Consulado de la República de Argentina y la conformidad de la Oficina de Inmigración por la que se permitía la salida de España y la admisión en Argentina.
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Cheques bancarios del Banco Español del Río de la Plata (1928) y del Banco Nacional de la Argentina (1930).
Estosdocumentos monetarios eran el vehículo habitual por el cual nuestros emigrantes enviaban «vía marítima» sus ganancias en ultramar a sus familiares en España.
Hay relatos que nos revelan también recuerdos que yacen “dormidos” y que al despertar reparan antiguas heridas y llagas, reavivan el presente, iluminan de otro modo el porvenir.
FUENTE: Aula de la escuela de Magazos en 1916, en Viveiro (Lugo). | Consello da Cultura
¿Qué rasgos o aspectos de la inmigración europea en la Argentina nos revelan los testimonios de la infancia, de los niños inmigrantes?
Para la mayoría de los niños que vivieron la guerra, la emigración a la Argentina fue la última etapa de un viaje más largo. Muchos de ellos habían dejado atrás sus pequeños mundos cotidianos bastante antes, ya sea cuando las fuerzas franquistas se impusieron en la Guerra Civil española, cuando sus países fueron ocupados por el ejército alemán y se desató la persecución de judíos, o cuando el ejército soviético invadió diferentes regiones de Europa del Este. De manera que muchos de estos niños partieron sin un rumbo claro unos cuantos años antes de emigrar hacia la Argentina, un lugar que estaba completamente afuera de su horizonte y el de sus padres.
¿Qué significado tuvo para ellos ese desarraigo obligado y en la mayoría de los casos producido de una forma tan brutal?
FUENTE:http://libretachatarra.blogspot.com
Sin duda, ese regreso vedado afectó a los niños.Recién cuando llegaron a la Argentina, muchos de ellos se dieron cuenta de que no podrían volver al lugar de su infancia donde habían quedado olores y sabores ahora transformados en recuerdos que iban a configurar una identidad atravesada por la nostalgia. Sin embargo, esa memoria nostálgica, esa invención de un mundo idílico tuvo menos peso en la experiencia infantil de estos niños de la guerra que el juego, la sensación de aventura y un despreocupado candor infantil común a todos ellos.
El juego los ayudaba a vivir la situación de un modo menos traumático
La memoria de la infancia quedó afectada por heridas, en algunos casos muy profundas. Pero por otro lado, ese largo viaje desde el hogar, un peregrinaje que los obligó a cruzar cadenas montañosas a pie, en trenes o en carros y bicicletas, fue vivido por ellos prácticamente sin temor (o al menos así lo recuerdan) y como una aventura formidable. La vida en el campo de refugiados era una oportunidad de hacer nuevos amigos y disfrutar de juegos. Algunos de esos juegos eran riesgosos, como el de desarmar las balas que habían quedado como rezagos de la guerra, para rescatar la pólvora con la que luego llenaban latas y las hacían estallar.
¿Qué nos cuentan esas voces sobre “el mundo” que encontraron en este país?
Cuando el viaje terminó con la llegada a la Argentina, dejaron de ser refugiados para transformarse en inmigrantes. Varios se recuerdan nostálgicos y asustados, sobre todo, cuando empezaron la escuela. Pero en sus narraciones se vuelven a ver como niños integrados a la vida escolar, con alguna maestra o compañero de banco que les hacía de lenguaraz mientras ellos aprendían el español; a veces, también recuerdan haber sido objetos de burlas o de prejuicios, pero mayormente se presentan como portadores de una capacidad de adaptación a circunstancias nuevas que, posiblemente, fuera un capital forjado durante el largo viaje a través de la guerra y la posguerra.
¿Cuáles son los recuerdos más intensos de ese ámbito familiar, el barrio, la escuela, los amigos?
Algo interesante de destacar es que, así como los sabores de la infancia europea configuraron la memoria nostálgica de estos niños y los acompañaron en la edad adulta, también la comida y los sabores los ayudaron a aceptar su nuevo destino. Muchos de ellos recuerdan no sólo la abundancia y variedad que encontraron en la Argentina sino algunas comidas que los amigaron con el país en el que iban a quedarse a vivir. Manuel, un niño gallego que llegó a Buenos Aires con ocho años, sumido en una profunda pena porque se resistía a abandonar a sus amigos y a sus abuelos en Galicia, recuerda haber probado por primera vez la pizza en una pizzería de la avenida Mitre en Avellaneda. En una entrevista, me dijo: “cuando probé la pizza me pareció algo de otro planeta, tenía un sabor extraordinario. Mientras saboreaba esa maravilla decidí que no podía ser tan malo que nos quedásemos a vivir aquí. Gracias a la pizza, poco a poco me fui adaptando”.
Estos testimonios de los niños inmigrantes, ¿qué nos dicen de los modos en que se construye la memoria histórica de un pueblo?
Algo que interesa particularmente es la cuestión de la memoria subterránea. Es la memoria herida, la memoria cuya evocación duele. Entonces, se transforma en silencio. Los recuerdos que hieren se quedan en un rincón oscuro, en el sótano de la memoria, pero no se mueren, ni siquiera se duermen, están ahí, expectantes. Necesitan un contexto y una escucha para salir a la superficie. Son recuerdos que aguardan el momento preciso para ser expresados. Por eso no hay que confundir silencios con olvidos en la memoria de una sociedad. Creo que es muy útil pensarlo en sociedades con historias dramáticas como la nuestra.